Observatorio Z. Toma 15

Tres relatos nos separan del final de nuestro particular apocalipsis zombi. En esta ocasión el turno es de Nieves Guijarro aka Lady Necrophage. Su último trabajo lo podéis encontrar en amazon colaborando con un relato suyo y con otros escritos para el libro El monasterio de Santa Dunia.

Observatorio Z - relatos sobre el apocalipsis zombie
Lo siento... he perdido la fuente de esta ilustración :( cojín malo, cojín malo


Nada


Todo, he perdido todo. Rememoro, con melancolía, aquellos momentos pasados en los cuales sentía ceñirse, alrededor mi cuello, la soga del abandono. Tonterías. Infundados temores que me arrastraban a la autocompasión y que, unicamente, eran producto de un estado anímico desestructurado. Pasé por eso durante años, largos periodos que se me antojaban interminables y que, en este preciso instante, se tornan en exquisitas remembranzas que, incluso, logran que esboce una débil sonrisa. Qué irónico, la impronta de esa nada hipotética es lo único que me ofrece consuelo, transformándose en mi único todo, el único lazo que me mantiene unida a esta realidad tan incierta y desesperanzadora.

Debido a mi naturaleza taciturna decidí, hace ya bastante tiempo, vivir la vida según mis convicciones, alejándome de todo aquello que pudiese perturbar mi universo intimista, idealista y, tal vez, muy distante de las inquietudes del resto de seres vivos con los cuales me relacionaba. No podía quejarme, me sentía una persona querida a pesar de ser considerada una rareza. Mis amigos, con toda la naturalidad y el afecto del mundo, comentaban con humor lo cuestionable de manías como encerrarme en la biblioteca durante todo el día con la intención de evadir  los compromisos sociales. No era una elección, pues mantenía una pugna conmigo misma que me animaba a luchar para ser mejor. De modo que me acomodé en mi burbuja particular, una crisálida blindada de aprendizaje y constancia. Mi entramado neuronal tejía una red de conocimientos cimentada sobre las ansias de realización que me obsesionaban. Aquello era mi vida, y no, no necesitaba mucho más para sentirme realizada. Acabé por renunciar, prácticamente, a casi todo. Tampoco me provocaba complejos haberme transformado en una persona hermética, alejada del influjo de medios de comunicación como la televisión o la radio, perdida en un ecosistema propio del cual no deseaba salir.

Precisamente y a tenor de estos bellos recuerdos, me viene a la mente una frase, una reflexión que descolla entre la nada desdeñable cantidad de información que acumulé en aquella época de reclusión intimista. Me la enseñó un señor al que admiraba por su pluma subjetiva y facilidad de palabra: “somos sanados del sufrimiento solamente cuando lo experimentamos a fondo”. Mi querido Proust, cuanta razón tenías. Y en este preciso momento, cuando paladeo la amargura de mi desgracia, te pido perdón por esos años perdidos, por la decadencia de mi comportamiento trastocado a causa un dolor infundado. 

En fin, no es ni mucho menos mi intención resultar agobiante con estas disquisiciones de escaso interés y hasta pedantes, por qué no decirlo. Sólo que no sé explicar las cosas de otra forma, necesito un aliciente para entrar en materia y lograr garabatear estas lineas cuyo verdadero objeto es dejar testimonio del motivo de mi desgracia. 

Y así como empezaba, comenzaré de nuevo: Todo, he perdido todo. Si la ignorancia de la verdad es la semilla de la felicidad, tal y como rezan algunas lenguas eruditas, debo decir que es una filosofía equivocada, y que, en mi caso, mi reniego del mundo dio lugar a una felicidad perecedera. ¿Por qué?, pues muy sencillo, tanto abracé la misantropía por momentos que, tal y como expuse anteriormente, opté por aislarme de esta mundanidad malsana. Así, desprecié casi cualquier forma de comunicación con el mundo exterior, y digo casi cualquiera por que reservé un breve espacio de mi vida para visitar, de cuando en cuando, a mis amigos y seres más queridos. Es cierto que prefería tratar con todos ellos temas superficiales, pues el agobio que me provocaban las alusiones a asuntos más preocupantes era considerable. A través de este único nexo con la realidad fue como empecé a tener conocimiento de ciertos brotes de enfermedad que comenzaban a ser un verdadero problema en el mundo, pero estas eran habladurías que me provocaban desasosiego, y eludía constantemente este tipo de menciones. Precisamente, debido a esta inconveniencia, comencé a espaciar las visitas, más aún cuando palabras como“epidemia”, primero, y“pandemia”, más tarde, se convirtieron en el denominador común de todas y cada una de las conversaciones. Tampoco salía muy bien parada mi hipocondría cuando, con la mejor de las intenciones, se me daban advertencias, al tiempo que se me narraban cuadros clínicos de fiebre, dolor torácico, dolor de garganta, vómitos, diarrea, sangrado bucal y un horroroso y largo etcétera. Mi inocencia se resistía a creer que aquello era el principio del apocalipsis, en el fondo un bien por y para el mundo que, demostrando su carácter vengativo, había decidido recordarle a la especie sus excesos y pecados. 

Sin embargo, para mí los días amanecían esplendorosos, abrigados por la dicha de esa ignorancia que me permito condenar en este instante. Vivía abrazado a esa rutina que nunca me ahogaba, entre madrugones que despejaban mis huesos, lecturas que cultivaban mi intelecto y afinaban mi escritura y una pequeña parcela de tiempo dedicada a otro tipo de obligaciones, las cuales me proporcionaban el pan. Obviamente, no podía renegar del materialismo ni de mi condición.

Y aquí estoy, para mi desgracia, purgando por la felicidad de los momentos pasados, deplorando el presente y, lo peor de todo, sin hacerme todavía a la idea de qué fue lo que trastocó la pulcritud de aquella madrugada azabache. Se cumplen hoy tres días, tres días desde aquel jueves recién nacido que tiñó de verdadero dolor mi existencia. Desperecé mi cuerpo, como muchas otras mañanas, ansioso por ofrecer a mis pulmones el soporte vital, transformado en Oxi-gonos. ¿Quien diría que no es el nombre de un Dios omnipotente, vengativo y misericordioso, a la usanza bíblica? Pegué un pequeño saltito al incorporarme de la cama e, inmediatamente, tomé unas prendas anchas que había colocado sobre el respaldo de la silla de mi escritorio, tal y como era costumbre en mí todas las noches antes de acostarme. Me puse, también, calzado cómodo: unas zapatillas de suela elástica y blanda un poco desgastadas. Y de esta guisa: pantalón holgado, camiseta de manga larga también amplia y pies desahogados, me dispuse a explorar aquel nuevo horizonte.

Abstraído en la suave brisa matinal, atravesé itinerarios ya conocidos, sumergiéndome en el aroma fresco de aquellas calles empedradas, delimitadas por veredas angostas repletas de árboles de Judea todavía jóvenes. Las tonalidades rosáceas de sus hojas redondeadas ofrecían un espectáculo visual digno de halago. No en vano, comencé a sentir en mi interior un atisbo de incertidumbre que, extrañamente, crecía en consonancia con la ligereza de mi paso. Una quietud agobiante enturbiaba la pureza de aquella alborada. Normalmente, solía tropezar con la presencia de algún  que otro caminante taciturno, almas gemelas refugiadas bajo el halo de su timidez. Sin embargo, en el transcurso de aquella jornada, no hallé movimiento alguno ni sonido de pasos, ni vehículos ni, en general, signo alguno de vida humana. Caminé unos metros más, pero la inquietud comenzaba a apoderarse completamente de mi ánimo y, atemorizado, comprendí que era el momento de iniciar el  camino de vuelta.

Jamás hubiese imaginado la desagradable sorpresa que me aguardaba al cruzar una pequeña pasarela que comunicaba con un barrio separado, célebre por su encanto rural y humilde. Atisbé en la lejanía dos figuras en una inquietante actitud. Vi un hombre que parecía estar agachado sobre otra forma también humana que permanecía en posición supina e inmóvil. Mi corazón se aceleró ante tal estampa y, movido por una conducta solidaria y, lo reconozco, en ocasiones impropia, me acerqué a comprobar qué era lo que sucedía. 

-Disculpe-, alegué con voz titubeante,-¿han tenido un accidente?, ¿necesitan ayuda?

Cuando ya estaba muy cerca, ante mi estupor, la criatura que yacía agazapada, y digo criatura por que no encuentro término para definir semejante espanto, se volteó hacia mí, permitiéndome ser testigo de su monstruosa naturaleza. Mis ojos desorbitados contemplaron el tono pálido de su piel, la escasa luz de su mirada ocre, los borbotones parcialmente coagulados que brotaban de sus mejillas enjironadas, a través de cuyos retazos podían advertirse las piezas molares y nervios mandibulares. De su boca, agrietada y contraída en un rictus amargo, emanaban hebras de bilis que se mezclaban con trozos de carne regurgitados. La viscosa miscelánea resbalaba por el mentón, impregnando los harapos de rosáceos cuajarones. Escuché el gruñido primigenio que brotó de su garganta lacerada, al tiempo que mi mirada paseaba sobre los restos del masacrado cadáver. Me percaté de ligero temblor que sacudía sus extremidades inferiores, lo cual me daba lugar a pensar que no hacía mucho tiempo que sucedió el crimen. Su cavidad intestinal se había transformado en una abstracta masa sanguinolenta de la cual brotaba una profusa secreción que se desbordaba por los laterales. En su recorrido, la linfa creaba pequeños regueros que, conjuntamente, daban lugar a una macabra creación artística. Su recorrido a través de las teselas que  formaban la superficie evocaba la imagen de un laberíntico entramado venoso. Por fortuna para mí, no acerté a ver la cara del mártir, al cual llegué a imaginar con el rostro desencajado por el más indecible de los sufrimientos. 

La biliosa criatura pareció olvidar momentáneamente a su presa y, llevado por la ira de mil demonios, se dirigió a mi altura. Ni corto ni perezoso, comencé a correr todo lo que mis piernas, recién desperezadas, daban de sí. Maldecía, para mis adentros, en el instante en el cual no seguí el impulso de volver, de buscar de nuevo refugio en el único lugar donde poner a salvo mi ignorancia y preservar esa felicidad que tanto tiempo me había costado adquirir. Sí, sé que resulto redundante respecto a éste tema, supongo que viene dado por la rabia que me produce haber desperdiciado el don de la existencia.

Maldije la resistencia de aquel famélico ser que, dispuesto a no darme tregua, parecía ganar fuerza y velocidad a cada instante. Ansioso por obedecer sus instintivos arrebatos, el engendro emitía bramidos casi bestiales, de mismo modo en que lo haría un depredador sediento de sangre. Sin dejarme vencer por la fatiga atravesé dos calles y, cuando estaba a punto de llegar a la tercera, me salió al paso una figura de gran perímetro, inusualmente rápida para el sobrepeso que mostraba. Esquivé a la depredadora mole que, contagiada por el mismo instinto perverso que mi primer persecutor, comenzó a seguirme. Bajo el fulgor, aún tímido, del incipiente amanecer, pude contemplar su ignominia: mujer en torno a unos cuarenta o cuarenta y cinco años, diría yo, con aspecto de haber padecido alguna enfermedad articular, a tenor de su caminar renqueante, pero que no parecía recordar su defecto, pues, como anteriormente dije, poseía una velocidad y fuerza impropias de su complexión. No pude observar los detalles de su rostro, pero sí aprecié en su mirada la misma iniquidad ocre que poseía mi anterior atacante. Advertí, también, la lividez de su piel y la presencia de una papada flácida que redondeaba su rostro . Eran ya dos las amenazas que me pisaban los talones, y mi estado físico no era, precisamente, el de un atleta. 

Mi corazón, desbocado, alcanzó la última bocacalle. Mis piernas titubearon un par de veces por causa de los nervios traicioneros. A pesar de mi agnosticimo declarado, desvié la mirada hacia las alturas en un gesto de gratitud cuando, al torcer la siguiente esquina, pude ver la entrada de mi hogar, rutinaria visión que, jamás imagine, podría significar tan exquisito alivio. Aturdido como me encontraba, no acertaba a introducir la mano en el bolsillo del pantalón que, temblorosa, propició que la llave se me cayese al suelo. Tres segundos, tres eternos segundos protagonizados por el pánico más absoluto aunque, no en vano, mis ganas de vivir lograron que mi mente respondiera. También ayudó, por que no decirlo, el eco de los guturales gorgojeos que pisaban mi sofocada espalda. Sin titubear, me agaché y volví a coger las llaves al tiempo que, con valentía, sorteaba la escasa distancia que me alejaba de mi deseado destino. Para mi sorpresa, encajé el objeto en la cerradura sin problemas y empujé la puerta con fuerza, no sin antes dirigir una última mirada a las cercanas pesadillas que se revolvían, con fiereza, a mis espaldas. Me despedí de sus repulsivas bocas con un profundo jadeo, producto de la sobreexcitación y el pánico.

Todo, he perdido todo, todo lo que nunca tuve, todo lo que creí haber tenido, todo lo que quise haber logrado y que ya nunca lograré. No soy nada, nada. Un cúmulo de masa orgánica e ignorancia, un valor inútil elevado a la décima potencia. El declive de lo conocido anuncia tiempos inenarrables y, sin embargo, me encuentro aquí, aturdido, observando con dolor la decadencia del mundo a través de unos prístinos cristales. Mi esperanza es cada vez más remota y, cuando pienso en la infinita agonía que se cierne sobre mí, contemplo la posibilidad de aliviar mi sufrimiento de una vez por todas. Pero no soy capaz, el ansia de vivir me devora por dentro, propiciando que estos terribles pensamientos carcoman mi conciencia. A ratos, me sorprendo sonriendo amargamente, sobre todo cuando viene a mi mente alguna que otra célebre afirmación de esas que propugnaron respetadas personalidades a las cuales he venerado: “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”. Perdóname, mi querido Friedrich, pero no puedo evitar aferrarme a mi aliento vital, aún sumergido en esta vorágine de terrible incertidumbre. Tú tenías y tienes toda la razón: la vida es una gran mentira, el hombre vaga en una nada infinita sin saber a qué atenerse. Y así es como estoy yo, navegando a la deriva en medio de este gran silencio, a salvo en el interior de la crisálida de mi gran nada, observador impasible de la monstruosidad de un planeta autocondenado. Ahora preguntémonos si es posible que Dios exista.....

¡Pues yo me paso el día mirando el abismo y el muy sinvergüenza no me ha devuelto la mirada...!

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5 comentarios:

  1. Gracias Nieves, ahora te cedo el turno de los comentarios de los fans <3 <3 <3

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  2. Un texto maravilloso, de naturaleza existencialista, cuya filosofía del caos y el sufrimiento como destino último del hombre me ha conmovido. ¿Es ésta una consecuencia de los actos terribles de pensamiento, omisión y actitud que a lo largo del periplo de la humanidad han mancillado el orden natural y el bien colectivo? Me temo que la respuesta se encuentra en el interior de nuestro protagonista, quizá el único o uno de los pocos miembros de la raza humana que quedan...
    Chapó, mi enhorabuena por la inteligencia con que está contextualizada esta historia, la forma de narrar y los recursos estilísticos con que se construye la semántica y la estructura sintáctica. Todo es arte. Dentro de un argumento apocalíptico poder observar cierta belleza sublime en la forma de ver el mundo y la descripción tan acertada de la subversión de un sistema de creencias que ya no existe debido a la tragedia, se agradece enormemente. Bueno, he sacado mi vena filosófica también pero merecía la pena tomar posición ante esta maravilla. He disfrutado de lo lindo leyendo a Nieves Guijarro.
    Un saludo :)

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  3. ¡Hola!

    En un primer lugar quisiera darle las gracias a mi pequeño Mini Fu por su confianza, por su lectura y opiniones. también por darme tan especial lugar aquí, en su estupendo blog^^

    Agarezco mucho, también, que exisan personas como Marisa capaces de introducirse, tan a fondo, en esta lectura tan íntima para mí.

    Me gusta que disfrutéis y, al mismo tiempo, yo disfruto colaborando en proyectos tan bonitos.

    Un abrazo!!

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  4. Madre mía, sin palabras. Bravo Lady Necrophaga, que profundo y que manera de hacerte pensar. Un saludo enorme desde el blog La Roca más Diamante del mundo

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  5. Uff ha sido muy intenso el relato!
    Felicidades a la autora porque me ha maravillado. Me he quedado sin palabras como Sara.

    Besos!

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